Decía mi abuelo Frasco, que era un ateo convencido y al que no le temblaba la voz para arremeter contra todo aquello que tuviese un cierto halo religioso o espiritual, que en los ochenta años que había vivido, lo único que tenía claro en la vida era que un día nació y que tarde o temprano iba a morir. Y es que la vida no es más que un viaje que iniciamos el día que salimos de las entrañas de nuestra madre y que finaliza cuando el caprichoso destino así lo decide. Un viaje con sus estaciones y cambios de vía, algunos accidentes, sorpresas agradables en algunos casos y profundas tristezas en otros …
Sin embargo, un viaje que todos, sin excepción alguna, queremos que finalice lo más tarde posible. Y es que, aunque los doctores de la Santa Madre Iglesia, se empeñen en predicar una y otra vez, que la vida en la Tierra, es un valle de lágrimas y que la felicidad eterna se encuentra en el paraíso, preferimos sufrir y llorar un poquito en vida que gozar y reír en el otro barrio.
Pues bien, en este apasionante viaje, compartiremos vagón con nuestros padres y hermanos, amigos, familiares, compañeros de trabajo y con alguna que otra persona que por alguna circunstancia, se suele colar en nuestra vida sin saber cómo ni por qué, y de algún modo, como por arte de magia, se convierte en el amor de nuestra vida.
Pero en alguna estación, se irán bajando algunos, y nosotros seguiremos el viaje con el recuerdo de lo bueno y lo malo que nos pudieron aportar en el trayecto que compartimos. Otros, sin embargo, cuando abandonen nuestro vagón con el único equipaje de su alma, para no volver más, dejarán un vacío permanente, irremplazable y un cúmulo de sentimientos que siempre permanecerán en lo más hondo de nuestro corazón, porque nos dieron la vida y nos permitieron hacer este viaje. Y otros,pasarán tan desapercibidos que ni siquiera nos daremos cuenta de que desocuparon sus asientos.
También coincidiremos con personas que tomarán nuestro tren para realizar un simple paseo y que apenas dejarán huellas en nuestro imaginario. En ocasiones pasaremos por momentos de oscuridad y tristeza, porque en nuestro recorrido, atravesaremos algún que otro túnel que nos parecerá interminable y desesperante. No obstante, siempre habrá cerca de nosotros, en un asiento muy próximo, alguien que te hará ver la luz al final de ese túnel.
Y es que la vida, este regalo que hemos tenido la suerte de recibir, es el viaje más apasionante que tendremos la suerte de disfrutar nunca, un viaje con billete de ida y sin retorno.