LA ESCUELA DE LAS MIRADAS
El
viernes abrirá de nuevo las puertas nuestro CEIP Bernardo Barco. Seis largos y
tristes meses después, la sonrisa de los niños y niñas del pueblo de la Campana
inundarán otra vez las aulas de nuestro
maltrecho cole. Un nuevo curso escolar, atípico por las circunstancias que
desgraciadamente nos ha tocado vivir, dará comienzo en un escenario de
incertidumbre y “miedo” que no tiene parangón en nuestra más reciente historia.
Padres y madres con infinidad de dudas pidiendo que se les garantice la
seguridad de sus hijos e hijas, maestros y maestras intentando asimilar unas
instrucciones y un protocolo “parido” de la improvisación y las prisas de una
administración educativa que una vez más se pone de perfil cuando de un
servicio público como la educación se trata.
Una vez más asistimos al “no hay dinero” para
un elemento de cohesión social como debe ser la educación en cualquier
democracia moderna y que aspire a construir un país avanzado y lejos de la
mediocridad. Una vez más, encontraremos aulas saturadas de niños y niñas con
capacidades diferentes que no podrán ser atendidos como merecen porque hasta
hoy los maestros y maestras carecemos del don de la ubicuidad para prestarles
el tiempo y la atención que necesitan. Mucho alumnado, pocos docentes. Sin
embargo, todavía hay quien, desde la
poltrona del poder, dice que el principal problema de la educación no es la elevada
ratio, sino que hay otros factores que tienen una mayor incidencia en la
calidad de la enseñanza. La ignorancia es muy atrevida y cuando a un señor lo
sacan de la cancha de baloncesto para dirigir la educación de la mayor
Comunidad Autónoma de este país, pasa lo que pasa.
El
viernes, quienes estudiamos para ser maestros y maestras, nos veremos obligados
a convertirnos en enfermeros, vigilantes y limpiadores para dar respuesta a una
emergencia sanitaria que se pretende resolver a coste cero, sin recursos y sin medios,
solo y exclusivamente confiando en la buena voluntad de los profesionales de la
enseñanza.
A pesar de todo y de todos, los maestros y
maestras volveremos a estar a la altura de las circunstancias, como ya lo
estuvimos en el confinamiento y como lo hemos estado en estos primeros días de
septiembre.
Será
el año de las escuelas de las miradas, pero será. Tras esa máscara, cada
maestro y maestra, deberá interpretar la tristeza, la decepción, la frustración
o el agradecimiento a nuestro trabajo. Los ojos de nuestros niñas y niñas serán
el combustible que cada día nos dará la fuerza necesaria para remar en este mar
de incertidumbre y desasosiego que se nos presenta. Y es que como decía Paulo
Coelho nadie logra mentir, nadie logra ocultar la verdad cuando miramos directo
a los ojos.
Sí,
será el año de las miradas, pero también será el año en el que los maestros y
maestras podemos poner en valor la profesión más hermosa del mundo. Mucha
suerte.