La vida es una constante toma de decisiones. A veces acertamos, pero en otras muchas ocasiones solemos lamentarnos de haber escogido el camino equivocado y de haber hecho oídos sordos a tanta gente que nos alertaba del fracaso inminente de nuestra decisión. Sin embargo, en todo momento debemos ser consecuentes de nuestros hechos y asumir la responsabilidad de lo que hacemos, aunque ello, nos haga daño por el camino. Y es que hay decisiones y decisiones.
Por un lado están aquellas que de alguna u otra forma han sido tomadas con la cabeza, de manera fría y calculadora. Por otro lado están aquellas que son adoptadas con el corazón, con las emociones y los instintos más básicos que como seres humanos poseemos.
A lo largo de mi vida he tenido que afrontar momentos en los que he tenido que elegir entre caminos opuestos. En alguna que otra ocasión, entre caminos paralelos, y muy rara vez tuve que decidirme por cuestiones de índole material. Pero hay decisiones que te marcan por encima de cualquier otra.
Son las decisiones que tienen que ver con los principios y valores. Hace un tiempo, me vi en la encrucijada de ser feliz o por el contrario esclavo y súbdito de un pensamiento único, hermético y sectario. Como pueden imaginar opté por la primera opción, a sabiendas de que se pondrían en duda mis principios, valores y sobre todo mi ética personal y política.
Sin embargo, a día de hoy, puedo mirar atrás con la convicción más absoluta de que acerté de pleno, al tomar aquella decisión que por aquel entonces me supuso un grave dilema moral y que con la perspectiva que da el tiempo, puedo afirmar que ha sido una de las decisiones más inteligentes que he tomado hasta el momento.
Vivimos tiempos difíciles, yermos de valores y presididos por el interés más individualista y egoísta que nunca hubo en otra etapa de nuestra historia. Las circunstancias que hoy siembran de desolación y paro nuestra tierra, hacen que el futuro sea poco halagüeño y desesperante para mucha gente en nuestro país y verdaderamente crítico para los andaluces y andaluzas, donde el drama del desempleo azota sin piedad a más de un millón de padres de familia.
Volvemos a ver imágenes, más propias de aquellos televisores en blanco y negro de antaño que de una sociedad que presume de modernidad en los albores del siglo XXI. Grupos de parados se concentran en las plazas de los pueblos, a la espera de que algún empresario bondadoso tenga la gentileza de ofrecerle la posibilidad de ganar un sueldo medianamente digno que llevar a su casa.
Volvemos a presenciar asambleas de parados que ciertamente organizados reivindican su derecho al trabajo digno, y un reparto equitativo y justo del empleo. Y lo hacen movidos por la urgencia y la necesidad de quienes se ven impotentes ante una situación desconocida para muchos hasta ahora.
Se manifiestan en su legítimo derecho de pedir lo que a todas luces debería estar garantizado por ley: un trabajo digno, que permita cubrir con cierta decencia las necesidades básicas de cualquier ser humano. Es loable lo que hacen y por ello merecen mi mayor respeto y solidaridad.
Sin embargo, como suele ocurrir y ha ocurrido siempre, “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Aquello que es un acto de rebeldía, que se presupone un movimiento espontáneo de trabajadores y una reivindicación social ajena a cualquier partido político o sindicato, rápidamente es aprovechada por quienes entienden que hay un interesante cardo de cultivo para su lucimiento personal, egocéntrico y para alcanzar esos minutos de gloria que lo enaltezcan y le otorguen el protagonismo que en otras facetas de su vida no logró alcanzar.
Se erigen como líderes o mesías salvadores de la masa social, arengando a la gente y utilizando su necesidad y desesperación para linchar a quienes son señalados por el redentor con el dedo acusador de quien alimenta sus miserias con el daño a los demás. Ya no importa nada, ni siquiera el por qué comenzó todo, ahora el objetivo es otro muy distinto. Ahora, la reivindicación del trabajo pasa a un segundo plano para el líder, su objetivo es otro muy distinto.
Ahora tiene un ejército a su disposición, un ejército de trabajadores que cegados por la desesperación y la incertidumbre que provoca el paro de larga duración, son fieles soldados que obedecerán las directrices de su líder, cicateras y engañosas, pero al mismo tiempo seductoras y atractivas, si tenemos en cuenta que el trabajo aparece siempre, como fin último de la guerra de guerrillas que ha iniciado.
Vende humo a diestro y siniestro, pero en su afán de destruir al enemigo, no se para a pensar que puede estar jugando con muchos padres de familia que han puesto sus esperanzas en él. No importan los medios, ni los daños colaterales. Lo importante para el líder es acabar con quien siempre le ganó el pulso político.
Imágenes que habían desaparecido de nuestro paisaje rural, regresan para recordarnos que aquellos que predicaban que el bienestar social había llegado para quedarse para siempre, faltaban a la verdad. Para recordarnos que la lucha de clases sigue más vigente que nunca, y que por lo tanto no puede ser tratada como un término obsoleto. Y para recordarme, que acerté plenamente, cuando opté por dejar de ser súbdito de salvadores de patrias.