UN ESPEJO DONDE MIRARSE.
Poner en valor el papel de las familias en la escuela es algo que los docentes nunca podemos olvidar si realmente aspiramos a que la educación sea un instrumento de cambio en la sociedad actual. Educar sin tener en cuenta el contexto familiar del alumnado es como pretender poner puertas al campo. Todo el esfuerzo y las horas de trabajo que dediquemos como maestros y maestras, dentro y fuera del aula, caerán en saco roto si no somos conscientes de la realidad de nuestros niños y niñas.
Desde mi experiencia profesional son muchas las ocasiones en las que desde la administración se nos insiste en que la escuela debe ser compensadora de las desigualdades que nuestro sistema actual provoca y que somos los docentes, quienes, con los escasos recursos de los que disponemos en nuestros centros y con una ratio de alumnos/as cada vez más elevada, estamos obligados a dar respuesta a las numerosas casuísticas que encontramos dentro de nuestro aula.
Es por ello que agradezco que esta pandemia haya puesto el foco en las
necesidades que muchos padres y madres
presentan para poder atender y ayudar desde
un punto de vista tecnológico a sus
hijos e hijas por no disponer de los recursos necesarios para ello.
Sin embargo, más allá de este problema que ya conocíamos la mayoría de maestros y maestras y que de alguna forma ha suscitado un debate social como consecuencia del confinamiento que vivimos, existe, desde mi punto de vista, un problema de mayor envergadura y que afecta al alumnado más vulnerable desde hace muchos años. Me estoy refiriendo a los niños y niñas con necesidades específicas de apoyo educativo y a sus familias.
Cada curso escolar y debido al elevado número de alumnos/as por aula que existe en la actualidad como consecuencia de la no creación de nuevas unidades en la escuela pública, se hace más difícil ofrecer una atención de calidad a este alumnado. Es por ello que es de justicia hacer una mención especial a las madres y padres de estos niños y niñas que hacen que nuestra labor diaria sea más sencilla. Ser padres no es tarea fácil, pero ser padres de un niño o una niña con necesidades educativas especiales es un reto diario de paciencia, constancia y perseverancia.
He tenido la suerte de conocer a madres y padres extraordinariamente
involucrados en el proceso educativo de
sus hijos e hijas. Madres y padres que cada mañana, además de hacerles la
mochila con los libros y el material que van a necesitar ese día en clase, se
ven en la obligación de cargar esa misma mochila de valores como el esfuerzo, la autoestima, la
confianza en sí mismos y de esa energía que solo puede transmitir una madre y
un padre y que no podríamos explicar con palabras.
Son esas familias, que tienen la
capacidad de emocionarte en una tutoría cuando te cuentan el esfuerzo titánico
que realizan por las tardes para que sus hijos e hijas vayan avanzando pasito a
paso, pero con firmeza .Son esas familias
que te escuchan y te piden consejo porque confían plenamente en sus
maestros y maestras. En definitiva son personas que están hechas de una pasta especial
y que son un ejemplo de superación para
todos y todas, un espejo donde mirarnos cuando no quejamos por cosas
insignificantes que nos afectan en nuestro día a día.
Es admirable escuchar a estos
padres decirte con una sonrisa en la cara y con un brillo especial en los ojos,
que el cinco que ha sacado su hijo o hija, es para ellos un sobresaliente, porque
detrás de ese número hay una trabajo silencioso de muchas horas que nadie ve,
pero que son el resultado de no bajar los brazos ni desfallecer en ningún
momento. Son estas familias y estos
niños y niñas quienes realmente hacen que nuestra profesión cobre sentido, por
ello quiero hacerles este reconocimiento público y mostrarles toda mi
admiración y respeto.
Fdo: Maestro Manolo