Siendo
un niño, un zarpazo de la vida truncó sus ilusiones, sus esperanzas y marcó
para siempre el devenir de su futuro. Una mano negra, cargada de intolerancia,
odio y sinrazón, apretó con violencia y fanatismo, el gatillo que segó la vida
de su padre, un hombre joven que tuvo la osadía de intentar cambiar la vida de
sus vecinos ostentando un escaño de concejal en su pueblo. Un hombre bueno que
nunca hizo daño a nadie, que a buen seguro, gozaría de la honestidad y la honradez que han acompañado siempre a Miguel hasta su último suspiro.
Sin
embargo, sus ideas, sus pensamientos y sus posiciones políticas, que con toda
seguridad llevaría a gala por donde iba, esos mismos principios y valores que inculcaría con pasión
desde muy temprana edad a su hijo Miguel,
serían los que los que lo
empujarían a la fosa de la dignidad para
siempre.
Con
apenas ocho años, la edad que hoy tienen mis alumnos y alumnas, le tocó vivir
uno de los episodios más escalofriantes y trágicos que un niño puede vivir. Miguel
no perdió a su padre. Perder un padre debe ser un desgarro en el corazón
indescriptible, que no creo que ni yo ni nadie sea capaz de expresar en negro
sobre blanco, porque no existen palabras en nuestro amplio léxico castellano
susceptibles de expresar ese dolor tan profundo. Repito que Miguel no perdió a
su padre. Se pierde un padre, cuando la
muerte es una circunstancia de la propia naturaleza humana, a veces
impredecible y caprichosa, sin dejar de ser un capítulo doloroso y cruel para
nadie. Sin embargo a Miguel le asesinaron a su padre, le segaron la vida con
esa guadaña de la incomprensión y la sinrazón que significó el fascismo durante
esta negra página de la historia de nuestro país. Lo dejaron huérfano para
siempre, le robaron lo más valioso que posee quien nada tiene, lo despojaron
del cariño y el calor de un ser irremplazable para cualquier niño y con toda
seguridad, las emociones y el sufrimiento que padeció durante toda su
vida, muy poco o nada tuvo que ver con la pérdida de un padre por razones de
otra índole.
Apoyado
sobre un bastón, con el andar cansino del desgaste de los años, fueron muchas las
ocasiones en las que tuve la oportunidad
de acompañarlo hasta el cementerio, con motivo de la efemérides de la II
República. A pesar de sus años y de los achaques propios de un octogenario,
Miguel gozaba de una lucidez y una memoria digna de admirar. Me repetía una y
mil veces que mientras tuviera un mínimo de aliento y sus piernas se lo
permitieran, honraría con su presencia la fosa de los mártires por la libertad,
y acompañaría esa bonita bandera tricolor que tanto representó para su padre.
Con
rostro serio y mirada cargada de indignación a pesar de los años transcurridos
desde aquel fatídico día en que ya nada volvería a ser como antes, Miguel
me relataba durante la marcha, con paso lento pero firme, el episodio más
triste de su vida con la misma emoción de quien acaba de perder recientemente a
un ser querido.
Cada
14 de abril, se convertía para él en una oportunidad para rendir tributo a
quien no pudo disfrutar del tesoro más preciado que es la vida, para dejar
constancia, que nunca el tiempo podría borrar
el dolor que le habían causado y sobre todo, para contar a su pueblo, a los
jóvenes principalmente, la tragedia que supuso para nuestro país aquel
alzamiento militar del 36.
Una
vez escuchado el himno y entonado ese bonito lema de ¡viva la república!,
Miguel regresaba a casa satisfecho y orgulloso por haber podido estar un año
más cerca de su padre. Sabía que era un día especial y que muy pocas veces en
el año, podía sentir tan de cerca la presencia de ese hombre, sencillo y bueno,
del que no pudo disfrutar todo lo que hubiera merecido.
En
alguna ocasión, lo llevé en mi coche de vuelta a casa. Su cara había cambiado
por completo. Sus labios delataban una sonrisa cómplice con la verdad, con la
historia, con el deber cumplido y con la memoria colectiva de un pueblo, que
sufrió como ningún otro la sinrazón del fascismo.
Desde
entonces, cuando escucho a alguien hablar de que recuperar la memoria histórica
supone reabrir heridas del pasado que ya están cicatrizadas, me acuerdo de
Miguel y de todas aquellas personas que de alguna forma han sido víctimas de
esa cruenta guerra civil y les contesto diciéndoles que no se pueden reabrir
heridas que nunca antes fueron cerradas. Me acuerdo de esos ojos llenos de
rabia contenida y tristeza de alguien que, durante años, no pudo llorar a su
padre, porque desconocía su paradero. Y me siento orgulloso de mi pueblo, de
ese grupo de personas que fueron capaces de organizarse en torno a un objetivo
común como era la recuperación de la memoria histórica de Fuentes, dejando
al margen cualquier tipo de discrepancia
ideológica.
Miguel
no fue una persona excesivamente activa en política, aunque siempre se definió como un hombre de
izquierdas y socialista como los de antes. Sin embargo su legado, su historia
personal y su compromiso con la recuperación de la memoria histórica
fontaniega, siempre estarán presentes en nuestro pueblo.
A
finales de junio, en el parque “Luchadores por la libertad”, situado en el
antiguo cementerio, se inauguró un hermoso monumento en honor a las mujeres del
Aguaucho, otro de los episodios más negros de la historia de nuestra localidad .Ese
día, Miguel ya no se encontraba entre nosotros, su deseo de ver colocado ese
símbolo de la memoria, de la justicia y la dignidad, no pudo verse cumplido. El
destino le privó del gozo que hubiera supuesto para él, ver como se
materializaba uno de los objetivos por los que había luchado durante años desde
la comisión. A pesar de todo, cuando cualquiera de sus paisanos y paisanas
pasee por ese parque y contemple esa bella escultura, cuando respire ese aire
de paz y bondad inconfundible que solo allí se puedo vivenciar, escuchará la
voz de la memoria de un hombre bueno que durante toda su vida luchó para
que este pueblo no olvidara a su padre
ni a los que murieron como él.
(A
la memoria de Miguel Villarino, un hombre bueno y sencillo, una voz de la
memoria)