NUESTROS
NIÑOS Y NIÑAS, UN EJEMPLO A IMITAR
El
reloj aún no marca las nueve. Maestros y maestras se dirigen a sus respectivas filas
para recoger a su alumnado. Sus ojos reflejan la incertidumbre y la inseguridad de quien no
quiere equivocarse en ninguno de sus movimientos. Cualquier fallo, puede ser
determinante. O al menos eso parece que
nos han trasladado desde todos los estamentos educativos existentes.
Comienza
el ritual. “Buenos días a todos y todas”, decimos a nuestros pequeños y
pequeñas héroes y heroínas que nos esperan pertrechados con todo su arsenal para
dar comienzo un nuevo día. Con una disciplina impropia para sus edades,
mascarilla en rostro, brazos extendidos para marcar la distancia con su
compañero/a, un artilugio con gel hidroalcohólico que parece que les sirve de
entretenimiento y ante la atenta mirada de sus familiares que no pierden detalle tras la
verja, se disponen a emprender una nueva batalla contra un enemigo que nunca
han visto, pero que saben de deben combatir a diario porque es muy peligroso.
Toca
el timbre y de forma ordenada van entrando como nunca antes lo habían hecho,
despacio, sin correr y en ocasiones con un silencio que corta el aire. Van posando
sus piececitos sobre un felpudo que encuentran a la entrada y mientras lo
hacen, algunos giran su cabecitas como buscando la aprobación de sus mamás, que orgullosas sonríen porque sus
retoños, están haciendo las cosas más bien de lo que nunca imaginaron.
“No
se toca la barandilla de la escalera”, “¿por qué maestro”, “porque nuestro
enemigo puede estar oculto en cualquier parte y debemos ser prevenidos”.
Nuestros héroes suben de manera impecable cada uno de los peldaños que los
separan de su aula y una vez allí, sentados en sus pupitres, el maestro pasa
por cada uno de ellos y ellas y les obsequia con un poquito de gel como si se
tratase de un premio por el trabajo bien hecho. Lo que ocurre dentro del aula
pueden imaginarlo.
A
las dos, miles de docentes vuelven a sus casas preguntándose si todo lo hicieron como tenían que hacerlo y
con el miedo de recibir por la tarde una llamada que tire por tierra todo el
esfuerzo y el empeño que pusieron en su trabajo. Enseñar así es difícil, muy
difícil. Por eso la responsabilidad individual y colectiva no puede ser algo arbitrario,
sino un ejercicio obligatorio de ética y moralidad para todos y todas.
Lo
que acabo de contarles no es una fábula, ni un cuento, es la pura realidad que
vivimos en los centros educativos en estos momentos. Y si algo he aprendido en
estos primeros días de curso, es que los niños y niñas nunca dejarán de
sorprendernos. Estuvieron a la altura durante el confinamiento que tuvo lugar a mediados de marzo y lo están ahora cuando
más los necesitamos. Ellos y ellas, nunca nos fallan.
Quizás
si los adultos empezáramos a imitarlos, la situación no sería que la es. Piénsenlo.