Hace tiempo que vengo
observando cómo la gente hace uso de su palabra de una manera realmente
gratuita e inconsciente, abogando en todo momento que lo que dice o escribe, lo
puede decir o escribir porque el derecho a la libertad de expresión se lo
permite y principalmente porque ese derecho fundamental debe presidir todo país
que se precie de tener una democracia mínimamente consolidada. Hace tiempo que
vengo observando, escuchando y reflexionando sobre las opiniones y
manifestaciones que sobre cuestiones políticas (teniendo en cuenta que política
es todo), vierten mis compañeros/as, amigos/as y todo aquel ciudadano o
ciudadana que de alguna manera conforman mi espacio vital.
Mi curiosidad o quizás mis
ansias de buscar una respuesta a lo que acontece a mi alrededor, e intentar
situarme en una perspectiva de reflexión constructiva, que me haga sentirme
vivo e independiente, y no marioneta de ningún sistema o partido que me
convierta en un número, anulando mi condición de ser pensante, me han llevado a
concluir que la inmensa mayoría de los que creen o entienden que cuando hablan,
escriben o se expresan en cualquiera de los medios existentes, no lo hacen
desde una posición independiente e individual , sino que son simples reproductores de los mensajes que
el sistema se encarga de inocularnos a diario. Por lo tanto, no son ellos ni
ellas quienes opinan o se expresan, sino que es el propio sistema el que está
hablando en boca de todos y todas.
Digamos que llevamos ya
bastantes años, siendo abducidos por los medios de comunicación, que cada día
nos bombardean con la información que al sistema le interesa que cale como una
lluvia fina en nuestra sociedad, para convertirnos en el rebaño dócil y
obediente, que les allane el camino para acometer sus tropelías y sus excesos
con la naturalidad de quien hace algo completamente lícito y dentro de los
parámetros democráticos que nos amparan. Pues bien, ese rebaño dócil, sumiso,
abnegado y obediente cuando habla y opina, haciendo un ejercicio de ciudadano
libre en un país plenamente democrático, lo que está haciendo realmente, es una
defensa de los intereses de quienes les están condenando al abismo más
absoluto.
Sin embargo, quienes optan
por desobedecer los designios y propósitos de éstos, y escogen argumentos que
cuestionan el pensamiento único que las cajas tontas de nuestros salones o esos
papeles impresos mal llamados prensa informativa, son tachados automáticamente
y sin derecho a réplica alguna, como ciudadanos antisistema, en el más estricto
sentido peyorativo que esta subversiva palabra encierra.
Cuando oí por primera vez ese
vocablo en los distintos medios de desinformación de este país, que suelen ser la
mayoría, observé que se refería a un grupo de gente con un perfil determinado:
generalmente chicos y chicas jóvenes, rebeldes, con posiciones ideológicas de
izquierdas, de ropa y atuendos de lo más variopinto y por regla general, con el
cabello descuidado y el cuerpo tatuado con algún que otro símbolo con el que se
identificaban.
La verdad sea dicha, jamás he
sido una persona anti-nada y siempre he hecho gala de un comportamiento extremadamente tolerante, dando muestras de una paciencia infinita en más de
una ocasión en la que he escuchado comentarios y opiniones que podrían estar en
las antípodas de mis pensamientos y posiciones ideológicas. Según las
televisiones del maravilloso país de los casi seis millones de parados, ser
antisistema es poco más que una deshonra nacional, una vergüenza que perjudica
nuestra nación y transmite una imagen poco conveniente al exterior.
Teniendo en cuenta la “objetividad y transparencia” del
pensamiento monocorde de los medios de comunicación, no sé por qué, pero desde
hace un tiempo,empiezan a caerme en gracia estos antisistema.
Y es que si me pongo a
observar detenidamente lo que hacen, no encuentro ni un solo motivo para
criminalizarlos, todo lo contrario, encuentro infinitas razones para
convertirme en uno de ellos. Los hay de todas las edades y profesiones, está
por todas partes y hay algo que los convierte en héroes: la razón que en todo
momento les acompaña y el valor para defenderla. Aunque algunos y algunas se
empeñen en convertirlos en enemigos de nuestra sociedad, estoy convencido de
que con los tiempos que corren no hay mejor amistad que aquella capaz de
defender lo que tu cobardía te impide.
Son gente anónima en su
mayoría, cuyas historias y vidas son tan parecidas a la tuya que seguramente, a
poco que hables dos palabras con ellos o ellas, enseguida te darás cuenta de que lo que te contaron en ese aparato que
preside tu salón y que tanta compañía te hace (y al mismo tiempo, tanto daño a
tu conciencia), era una mentira más de este contador de historias llamado
sistema, que nos educa para no pensar y que nos convierte en meros
reproductores de un mensaje que solo interesa a unos cuántos, pero que
perjudica enormemente a la gente normal, que somos la mayoría.
Se rebelan contra las
injusticias cometidas contra los ciudadanos de este país, participan en las
mareas verdes, blancas, negras y de
todos los colores del arcoíris, se oponen a que una familia ,con o sin hijos
sea expulsada de su casa, protestan contra la galopante privatización de la
sanidad y la educación pública, alzan su voz contra el preocupante estado de
salud de nuestra joven democracia, gritan
de dolor cada vez que un desahuciado decide poner fin a su calvario, señalan
con el dedo y ponen nombre y apellidos a los culpables de esta macabra historia
para no dormir, que llamamos crisis, ponen el grito en el cielo cuando se les
niega la sanidad a los desheredados de este mundo que llegaron en patera
buscando la dignidad y lo mejor de todo, es que lo hacen sin complejos, con la
cara descubierta, como los valientes que saben que las páginas de la historia
de este país , algún día, se acordarán de lo que hicieron.
Tengo un hermano en paro
desde hace tiempo, su desesperación me desespera y el futuro que le puede
deparar a mis dos sobrinos me acongoja y estremece. Cada día voy a visitarlo y
cada día soy más antisistema, me duele lo que veo, me duele lo que escucho. Me
niego a ser espectador de esta
tragicomedia, me niego a pensar que las cosas son así porque no pueden ser de
otra manera, me niego a escuchar opiniones desde la ignorancia que da el
desconocimiento de la realidad y me niego a que no me dejen pensar por mi
mismo.
Mentiras y mentiras repetidas
una y mil veces hasta convertirlas en verdad, miente mucho que algo quedará. Es
la estrategia que siguen y les está dando resultado. Pero, contra los héroes no
podrán, nunca pudieron y esta vez tampoco lo conseguirán.
Sí, tengo un hermano, que lo
está pasando mal, sueña con otro sistema más justo y de rostro humano que le
permita ver un horizonte de esperanza para sus dos pequeños. Seguramente tiene
miedo, incertidumbre, y hace tiempo que dejo de ver las mentiras que vomitaban
algunos en las distintas televisiones. Es un antisistema, como yo, un héroe, y
me siento muy orgulloso de él.