Hay personas que por alguna razón que se desconoce, nacen para no pasar desapercibidas y suelen dejar una huella imborrable en quienes hemos tenido la suerte de haber sido compañeros de viaje de ellas en algún momento de nuestras vidas.
Manoli era una de estas personas. Alguien que siempre tenía en sus labios una sonrisa que regalar y alguna que otra frase divertida para hacerte la mañana más amena y llevadera. Era una más, e incluso me atrevería decir, sin temor a equivocarme, que para todos y todas los que tuvimos la oportunidad de conocerla, era una persona que se hacía querer de una manera especial. Y lo conseguía, porque sin ser maestra, nos daba casi a diario una lección de vida, de entusiasmo e ilusión en cada instante compartido con cada uno de sus compañeros y compañeras de su colegio Juan XXIII, su otra gran familia, como me comentó el primer día que nos conocimos. Y es que ella era así, un torbellino de alegría, una ventolera de simpatía y de aire fresco con cualquiera que entraba por las puertas de su querida escuela.
Cuando llegué por primera vez al colegio, un destino desconocido hasta el momento para mí, fue la primera persona que me recibió. A los pocos minutos, con la sensación de que la conociera de toda la vida, me enseñó cada una de las fotos que decoran con orgullo el salón de la jefatura de estudios. Eran recuerdos de cada uno de los viajes al extranjero que suelen realizar todos los maestros y maestras de este colegio, aprovechando algún que otro puente vacacional. Con este gesto pretendía hacerme ver que llegaba a una escuela distinta, a un lugar donde el compañerismo era una seña de identidad y en el que la jerarquía, era simplemente una palabra en desuso para los que dirigían con empeño y abnegación esa escuela. Y no se equivocaba.
En todas y cada una de esas imágenes que presidían cada uno de los rincones de aquella sala, aparecía ella , con esa sonrisa socarrona que tanto la caracterizaba.
Enseguida me di cuenta de que estaba frente a una mujer con una energía fuera de lo común, y que de alguna manera,había conseguido hacerme sentir como en mi casa en tan sólo unos minutos.
Al igual que yo era una enamorada de Cádiz, ciudad a la que solía escaparse cuando podía para disfrutar de esos rincones que tan sólo en la tacita de plata existen y como no, para compartir y aportar su gracia a la ya consagrada gracia gaditana. Y es que no hay un lugar que mejor defina ,lo que ella era ,que esta bendita ciudad milenaria: luz,color, gracia y alegría.
Pero el destino, que suele ser a veces caprichoso, quiso que fuese su Cádiz salaito y marinero, testigo de su partida. Fue allí donde nos dejó para siempre, donde se acabó lo que por lógica debía estar empezando, y donde los sueños, como estrellas fugaces, se perdieron en la oscuridad para siempre. La vida le jugó una mala pasada y como tantas veces suele ocurrir, nos privó de una gran mujer, y mejor persona aún. Estoy convencido que se fue con la misma humildad y sencillez que siempre había demostrado, y con el profundo agradecimiento por todo lo que su corta e intensa vida le pudo regalar. Pero sobre todas las cosas, con la satisfacción de saber que su colegio siempre se sentirá orgulloso de haber compartido con ella tantos y tan buenos momentos en lo profesional y en lo personal.
Una palmera situada en el patio de su colegio, que tantas y tantas mañanas adecentó para que los colegiales corretearan y jugaran en las mejores condiciones , honrará su memoria a partir de ahora y dará testimonio de lo que significó en nuestro centro, y de lo que con total seguridad seguirá significando en el devenir de la historia de este colegio. El griterío de los niños, recordará esa voz que tantas veces entonó a lo largo de su vida: “ ¡ No quiero a nadie en los pasillos !”. Y cada uno de los rincones de este colegio será un lugar encuentro con ella, porque aunque no está, nunca se fue.
Nos dejó una buena persona, una gran mujer, una excelente compañera, pero permanecerá en la memoria de todos los que la conocimos su ejemplo, sus actos y su servicio a la comunidad educativa .Cada mañana, cuando toque la sirena, nuestra palmera, con una sonrisa cómplice, nos despedirá con la alegría y el júbilo que siempre demostró ella, porque sabe que desde donde esté, nos sigue muy de cerca.
