Hace semanas que no escribo nada. Quizás, mi estado de ánimo por un lado y la falta de tiempo, hayan propiciado esta retirada momentánea de mi particular taller de las palabras. Sin embargo hoy me veo obligado a retomar mi senda, a rescatar mi pluma polvorienta y olvidada desde hace más de un mes, para dedicar unas palabras de recuerdo emotivo a quien se fue para siempre, dejando una huella imborrable en mi memoria. Se ha ido como él siempre hubiera deseado, rodeado de todos sus hijos e hijas, nietos y nietas y como no, acompañado hasta el último aliento del amor de su vida, su señora Ana, con la que tuvo la fortuna de disfrutar y compartir la friolera de más de 60 años de su vida.
Se fue antes de lo esperado. Por sorpresa quizás, para quienes desde la distancia conservábamos de él una imagen de alguien que a pesar de sus años, gozaba de una salud manifiestamente mejorable, pero nunca para imaginar que nos pudiera dejar tan inesperadamente. Y es que el final de la vida de un ser querido, nunca es algo para lo que estamos preparados, y por muchos años que la persona tenga, siempre desearemos que ese trágico momento se produzca cuanto más tarde mejor, y si fuese posible, que nunca se produjese. Pero todo llega en esta vida, y su final ha llegado. Tras de sí deja toda una larga historia de vicisitudes de alguien que un día tuvo que dejar su pueblo para emigrar a Barcelona en busca de un sueño que nuestra tierra le negaba. Fue uno más de los millones de emigrantes, que tristemente abandonaron sus raíces, sus costumbres, su cultura y su gente, para intentar vivir con la dignidad que toda persona merece. Se fue, como tantos otros, con la ilusión de hacer fortuna y poder regresar cuanto antes a su entrañable y querido pueblo que lo vio nacer. Sin embargo, el destino que a veces es imprevisible, se encargó de que sus hijos e hijas, se convirtieran en el principal obstáculo que le impediría volver a su tierra como se propuso aquel día cuando, maleta de cartón en mano, subió a ese tren de la esperanza para tantos y tantos andaluces, que con lágrimas en los ojos y el alma despojada, anhelaban hacer realidad el sueño de un futuro mejor para sus hijos e hijas.
Su vida entera estaba allí, y aunque una parte de su corazón permanentemente recordaba nuestro pueblo, las circunstancias personales y familiares, hicieron imposible que pudiera regresar de nuevo a nuestra tierra. Ni él ni su señora, hubieran soportado distanciarse de su tesoro más preciado, sus hijos y nietos, por muchas ganas que tuviesen de terminar sus días en la tierra que los vio nacer.
En noviembre del año pasado, aprovechando el puente de todos los santos, fui a visitar a mi gran amigo Pablo que desde hace unos seis meses, hace vida en Badalona junto a una chica encantadora llamada Montse. Aprovechando mi estancia allí, fui a visitar a mi tío Juanito y a mi tía Chacha, como la solemos nombrar en el seno de mi familia. Quizás, mi visita fue premonitoria de lo que meses después iba a suceder. Quizás el destino quiso que me despidiera de él, o quizás simplemente fue una casualidad más de las que se suelen dar en el trascurso de la historia personal de cada uno. Pero de todas formas me alegro de poder haber compartido con él las que serían mis últimas palabras, de reírme con sus ocurrencias y de haber escuchado sus últimas anécdotas de su etapa en ese camping donde trabajó durante muchos años como encargado y en el que crío a todos sus hijos e hijas con bastante solvencia y sin que a ninguno le faltase de nada, como solía presumir cuando me lo contaba, ante la atenta mirada de mi tía Chacha que no perdía detalle de la conversación.
Desde que tengo uso de razón, siempre lo he conocido pegado a un transistor escuchando el carrusel deportivo en el que seguía con pasión los resultados de los partidos de fútbol que daban los fines de semana. Y no porque fuese un fanático de este deporte, sino porque era un enamorado de las quinielas desde que era un chaval. La suerte le sonrió en alguna ocasión, según me refirió alguna vez, pero haciendo balance de todos los años que llevaba jugando, concluía que podía decirse que lo comido por lo servido. Más de una vez lo recuerdo lamentándose por haber confiado en su Betis, y es que según solía contarme en tono burlón, si no hubiese sido bético podría haber sido millonario hace muchos años.
No necesitaba demasiado para ser feliz, porque su vida junto a su esposa e hijos, lo colmaban de felicidad absoluta. Era pequeño de cuerpo pero grande de corazón. Consiguió ser un grandísimo padre y fue mientras estuvo un magnífico abuelo. Como tío, sobran las palabras, porque el hecho de que hoy le este rindiendo este sincero homenaje lo dice todo sobre lo que significó para mí y con total seguridad, para todos sus sobrinos y sobrinas.
Y como esposo, a juzgar por el vacío que ha dejado en el alma de mi tía, con toda seguridad fue el caballero perfecto en cualquier cuento de hadas. Se fue con la sencillez que vivió toda su vida, sin hacer mucho ruido porque, como alguien me dijo alguna vez, hay que saber irse de los sitios y él que era un pozo de sabiduría, supo irse sin molestar demasiado.
Para terminar voy a utilizar una palabra que él empleaba muy a menudo conmigo cada vez que hablábamos y nos despedíamos. Porque además de mi tío, era un amigo y eso no tiene precio. Hasta siempre colega. Un fuerte abrazo allá donde estés.