Apenas tiene dos días de vida, pero sus padres lo quieren como si llevaran una eternidad junto a él. Es moreno, como su padre y tiene una negra y espesa mata de pelo que resalta en su diminuta cabecita. Dicen los más atrevidos que se parece muchísimo a su hermanita Nuria, pero yo, que no soy muy amigo de sacar parecidos a recién nacidos, por temor a equivocarme y meter la pata o molestar a una u otra parte de la familia, me reservo mi derecho a no opinar al respecto, al menos hasta que el pequeño en cuestión, haya hecho por lo menos la comunión. De esta manera, podré hacer un juicio de valor mucho más objetivo y acertado, al mismo tiempo que evitaré quedar en mal lugar con nadie, pues con esas edades siempre se pueden encontrar rasgos físicos de ambos progenitores, lo que suele contentar por igual a ambas familias.
Como dice la abuela materna, la “Pitota”, como cariñosamente la suelen llamar sus nietas, “el niño no puede salir feo de ninguna de las maneras, porque mis hijos no son ninguno feos y su madre era muy bonita cuando pequeña y lo sigue siendo”.
Y para rematar la faena se regodea recordando que cuando ella era una jovencita de diecisiete años, la gente la paraba por la calle para hacerle halagos de lo guapísima que era. Mientras lo está contando, busca la complicidad de su marido, para que de alguna manera, dé credibilidad a lo que ella dice, pero Antonio, que le gusta hacerla rabiar, le contesta con un “siiiiii, lo que tú digas”. Y es que ellos son así, no pueden vivir el uno sin el otro, llevan toda una vida compartida y ahora disfrutan con satisfacción y dan las gracias a la vida, por haberles permitido conocer a su nieto número diecisiete.
Y tiene razón la abuela, el niño es guapo, su naricita y sus labios carnosos y perfilados (o séase que tiene morritos, para decirlo de una manera más coloquial) son muy similares a los de la pequeña Nuria, que aunque apenas tiene cuatro primaveras, se siente ilusionada y preparada para asumir el rol de hermana mayor que le ha encomendado esta vida y que con el carácter que se gasta, a buen seguro, lo hará de maravilla.
Sabe que un regalo tan especial como éste, será difícil de superar el día de Reyes y por eso se muestra feliz y dichosa porque los Reyes Magos de Oriente o quizá ese señor gordo y bonachón, que suele colarse por las chimeneas, le han traído por adelantado el regalo más preciado y valioso que jamás le habían hecho en su vida.
Se afana por cogerlo en sus brazos como si quisiera hacerle ver que su nacimiento no la convierte en princesa destronada, sino todo lo contrario, la eleva a categoría de reina de la casa, porque es tan guapa y zalamera, que seguirá siendo centro de las miradas y motivo de todo tipo de adulaciones allá por donde vaya.
Se llamará Marco. Sí, han leído bien. Como ese personaje que cada día nos acompañaba en la sobremesa y que cautivó el corazón de tantísima gente por su ternura y abnegación por su madre, a la que buscaba sin descanso, para regocijarse en sus brazos y sentir el calor, que solo y únicamente una madre puede dispensar.
El nombre lo ha elegido ella, la que ahora ocupa el trono de la casa, la que con toda seguridad cuidará de él como de su regalo más valioso, porque aunque sólo hace dos días que lo conoce, su corazoncito le dice, que ya lo quiere más que a nada en este mundo. Y por eso se empeña en cogerlo en su regazo, en darle besos en su diminuta frente y en hacerle mimos que le hagan saber, que su hermana siempre estará ahí, en los buenos y malos momentos que la vida les depare, porque lo quiere, como sólo se puede querer a un hermano, lo quiere de verdad.
Sus padres se recrean en esa imagen y dan gracias a la vida por haberlos premiado con ese tesoro único e irrepetible que supone tener un hijo y una hija.