Es pequeño, menudo, enjuto de carnes y con una mirada preñada de tristeza, melancolía y desilusión. Tan solo tiene 8 años, pero sus vivencias en un contexto familiar inadecuado, han hecho que madure más deprisa de lo que le corresponde. Adolece del afecto y el cariño que otros niños y niñas han tenido la suerte de disfrutar desde que nacieron. Es cariñoso como ninguno, tiene ansias por aprender y hacer las cosas que hacen sus compañeros y compañeras sin ningún tipo de ayuda. Pero es consciente de sus limitaciones y se siente inferior, le embarga la tristeza y con frecuencia rompe a llorar al mismo tiempo que expresa su impotencia y da rienda suelta a sus más hondos sentimientos de frustración por no ser como la mayoría de compañeros y compañeras de pupitre. En ocasiones no trae desayuno, pero su dignidad le prohíbe decírmelo para que ni yo ni nadie se adolezca de él. Entonces me acerco a una pequeña tiendecita que se encuentra frente al colegio, una de esas tiendas que aún resisten a la hegemonía de las grandes superficies comerciales y que abastece de alguna u otra forma, a los vecinos de ese humilde barrio. Suelo comprarle uno de esos pastelitos de chocolate que, por regla general, suele traer alguna que otra pegatina en su interior, y que suelen ser la excusa perfecta para que se lo devore en un santiamén. De paso y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, pido un pequeño bocadillo de mortadela para mí, y me vienen a la memoria recuerdos del patio de esa escuela de Santa Teresa, donde estudié aquella antigua EGB y me llena de nostalgia y melancolía.
Cuando le doy su pastelito, me regala una sonrisa y me da las gracias con ese hablar tan particular de quien no sabe aún pronunciar la erre. Se va contento a jugar, con la felicidad de quien se siente querido aunque sea por un instante. A los pocos minutos vuelve a buscarme y me regala la pegatina en señal de agradecimiento por el gesto de cariño y afectividad que he tenido hacia él y sale corriendo con la satisfacción de que su maestro le quiere y se preocupa por él.
Las circunstancias marcan la vida de una persona, él es fruto de sus circunstancias, de su contexto social y familiar, y posiblemente, durante toda su vida recordará que su infancia no fue como la de los demás. Sin embargo, estoy convencido de que triunfará en la vida, porque tiene madera de héroe.
te doy la enhorabuena por este escrito me ha hecho pensar y recordar que a veces no sabemos lo que tenemos hasta que escuchamos casos como este niño de 8 años. Los niños de ahora tienen de todo y no saben valorarlo.
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