El trabajar con niños y niñas te hace retroceder constantemente a tu infancia, rescatar de tu memoria miles de recuerdos, que aún con el paso del tiempo permanecen intactos, como si de una fotografía que guardas en el álbum de tu vida, se tratase. Y cuando desando el tiempo, inevitablemente no puedo dejar de sentir ese aire de nostalgia, al recordar aquellas personas que ya no están aquí. Pero sin embargo, he de reconocer que nunca he sido más feliz que en mi niñez. Quizás porque no existían responsabilidades, ni preocupaciones, ni agobios, ni prisas, ni desamores, ni desengaños, ni maldades y sobre todo, porque el tiempo parecía ir mucho más despacio que ahora.
Y por encima de todas las cosas, porque la ilusión, ese sentimiento que nos mantiene vivos y nos alienta a seguir cada día nuestro camino, está permanentemente presente en la edad pueril. Esa ilusión, que tantas veces solemos perder cuando somos adultos, por cuestiones banales e insignificantes, es un bastión infranqueable en esas edades y motivo de envidia cuando solemos ir cumpliendo primaveras.
Mi infancia es un cúmulo de recuerdos desordenados en el tiempo, un batiburrillo de imágenes que me empeño en no olvidar porque son parte de mi historia personal más indeleble. Mi infancia es el recuerdo de mi barrio “la Rana”, de mi escuela Santa Teresa, de un maestro rengo con el que no aprendíamos nada de francés, pero con el que nos reíamos una barbaridad. Mi infancia es el recuerdo sonoro de un balón que bota en mi ventana, anunciándome que vienen a recogerme para jugar el partido diario con apuesta incluida en nuestra era junto al Calvario, ese lugar inhóspito y agreste, pero que convertíamos en el mejor campo de fútbol ,con solo cuatros palos y un pequeño saco de yeso.
Mi infancia es recuerdo de tristes despedidas de un autocar que rumbo a Francia se llevaba todos los otoños a mis padres, en busca de un trabajo que les negaba esta Andalucía subdesarrollada. Mi infancia son recuerdos de voces y chillidos de un grupo de chavales que corretean las calles de mi querido barrio jugando a ese juego que llamábamos “el carabinero”, y que nunca llegué a entender.
Mi infancia es el recuerdo de partidos de béisbol con palos y pelotas de tenis, en el incipiente paseíto San Fernando que por aquellos años empezaba a construirse. Son recuerdos de hamburguesas en el bar de mi amigo Pepe, que con la paga que mi madre me daba los domingos, a duras penas, alcanzaba para poderla acompañar de un refresco.
Son recuerdos de un viejo borrico, al que solía premiar con mendrugos de pan que hurtaba de la cocina de mi casa, mientras los barrenderos descansaban y echaban el cigarro de turno conversando con ese anciano que sentado en una silla de enea no faltaba a su cita diaria con los primeros rayos de sol de la mañana.
Son recuerdos de noches en vela por la ilusión que despertaba en mí la llegada de tres señores que venían de Oriente y que solían traerme algún que otro regalo el día de Reyes. Son recuerdos de tertulias de vecindad en las puertas de las casas, esperando que el infernal verano de nuestra campiña sevillana, se dejara caer con una poquita de brisa, que hiciese la noche más llevadera.
Mi infancia son recuerdos del cortejo que, mis vecinas más mayores, recibían por parte de algunos chicos que rondaban las esquinas de mi calle con motos de grandes guardabarros y ruidosos tuboescapes, con las que intentaban impresionarlas.
Mi infancia son recuerdos de frustración por no conseguir ese cromo que me hubiera hecho posible completar mi álbum y recibir el correspondiente regalo que durante meses se había convertido en mi obsesión.
Mi infancia es el recuerdo de mi abuela vendiendo la leche que laboriosamente había extraído de unas cuantas vacas suizas que llegaron al pueblo en un enorme camión con una matrícula de color distinto a las que estaba acostumbrado a ver hasta entonces. Y el recuerdo de un precioso jazmín situado en un gran corral, que antaño sirvió como cuadra para el ganado, y cuya fragancia envolvía el salón donde mi abuela se disponía cada atardecer a la venta de esa leche natural y fresca que la vecindad compraba con el convencimiento de que se trataba de un producto de calidad.
Recuerdo la montaña, un cerro de mediana elevación situado frente a la antigua vía del tren y que hoy es el espacio donde se ubica el barrio San Fernando. Una montaña que se convirtió durante años en la mayor atracción para todos y todas los niños y niñas del barrio la Rana, por cuya ladera nos deslizábamos cual de un tobogán se tratase, utilizando para ello cualquier objeto de superficie plana que nos permitiera descender, sin mancharnos demasiado la ropa porque además de recibir la oportuna regañina de nuestra madre, era la ropa que debíamos llevar en muchas ocasiones al día siguiente a la escuela.
Mi infancia es el recuerdo de una cantinela que los más mayores solían pregonar a coro cuando íbamos a catequesis porque nos tocaba prepararnos para la primera comunión, y que venía a decir algo así como: ¡A las monjitas, a las monjitas!
A decir verdad, no me hacía ni “gotita gracia” tener que escuchar esa cancioncilla, por una parte porque me parecía ridícula y repetitiva y por otra parte, porque en el fondo, me caían simpáticas las monjas que me instruían para la ocasión.
Mi infancia es el recuerdo de un hormigueo que me recorrió el cuerpo de arriba abajo por primera vez en la vida y que supuso el encuentro con la primera niña que me hizo sentir algo distinto al resto de niñas de la clase. No sé si llamarlo amor, porque a esas edades, supongo que ese sentimiento hacia el sexo opuesto, es algo inusual. No obstante recuerdo, que esa niña nueva, que llegaba a la Escuela Hogar que por entonces existía en mi pueblo, era la chica más bonita que jamás había visto nunca y despertó en mi un interés fuera de lo común.
Pues sí, mi infancia fue bonita y feliz. Sin tener mucho, mis padres hicieron que me sintiese el niño más rico del mundo, porque lo poco que me podían dar, lo hacían con tanto cariño y abnegación que lo disfrutaba doblemente. Tuve la suerte de que el destino me pusiera en las mejores manos posibles, unos padres que me han servido de ejemplo toda la vida y aún lo siguen haciendo. Y sí, hoy cuando ya tengo la friolera de treinta y cinco años, echo la vista atrás y puedo decir con la mayor satisfacción , que mi infancia es el recuerdo de un niño muy feliz.
Sientete afortunado, eso si q es felicidad!!!
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