19 de septiembre de 2020

NUESTROS NIÑOS Y NIÑAS, UN EJEMPLO A IMITAR

 

NUESTROS NIÑOS Y NIÑAS, UN EJEMPLO A IMITAR

El reloj aún no marca las nueve. Maestros y maestras se dirigen a sus respectivas filas para recoger a su alumnado. Sus ojos reflejan  la incertidumbre y la inseguridad de quien no quiere equivocarse en ninguno de sus movimientos. Cualquier fallo, puede ser determinante. O al  menos eso parece que nos han trasladado desde todos los estamentos educativos existentes.

Comienza el ritual. “Buenos días a todos y todas”, decimos a nuestros pequeños y pequeñas héroes y heroínas que nos esperan pertrechados con todo su arsenal para dar comienzo un nuevo día. Con una disciplina impropia para sus edades, mascarilla en rostro, brazos extendidos para marcar la distancia con su compañero/a, un artilugio con gel hidroalcohólico que parece que les sirve de entretenimiento y ante la atenta mirada de sus  familiares que no pierden detalle tras la verja, se disponen a emprender una nueva batalla contra un enemigo que nunca han visto, pero que saben de deben combatir a diario porque es muy peligroso.

Toca el timbre y de forma ordenada van entrando como nunca antes lo habían hecho, despacio, sin correr y en ocasiones con un silencio que corta el aire. Van posando sus piececitos sobre un felpudo que encuentran a la entrada y mientras lo hacen, algunos giran su cabecitas como buscando  la aprobación de  sus mamás, que orgullosas sonríen porque sus retoños, están haciendo las cosas más bien de lo que nunca imaginaron.

“No se toca la barandilla de la escalera”, “¿por qué maestro”, “porque nuestro enemigo puede estar oculto en cualquier parte y debemos ser prevenidos”. Nuestros héroes suben de manera impecable cada uno de los peldaños que los separan de su aula y una vez allí, sentados en sus pupitres, el maestro pasa por cada uno de ellos y ellas y les obsequia con un poquito de gel como si se tratase de un premio por el trabajo bien hecho. Lo que ocurre dentro del aula pueden imaginarlo.

A las dos, miles de docentes vuelven a sus casas  preguntándose  si todo lo hicieron como tenían que hacerlo y con el miedo de recibir por la tarde una llamada que tire por tierra todo el esfuerzo y el empeño que pusieron en su trabajo. Enseñar así es difícil, muy difícil. Por eso la responsabilidad individual y colectiva no puede ser algo arbitrario, sino un ejercicio obligatorio de ética y moralidad para todos y todas.

Lo que acabo de contarles no es una fábula, ni un cuento, es la pura realidad que vivimos en los centros educativos en estos momentos. Y si algo he aprendido en estos primeros días de curso, es que los niños y niñas nunca dejarán de sorprendernos. Estuvieron a la altura durante  el confinamiento que tuvo lugar  a mediados de marzo y lo están ahora cuando más los necesitamos. Ellos y ellas, nunca nos fallan.

Quizás si los adultos empezáramos a imitarlos,  la situación no sería que la es. Piénsenlo.

   

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