Siendo yo
republicano de profundas convicciones,
gracias a mi
abuelo Frasco, al que apodaban el trigo,
cuando llegan
estas fechas de fiestas y polvorones,
suelo aparcar
mis principios y convertirme en un niño.
Y escribo a sus
majestades, unos señores de Oriente,
que viajan en
camellos guiados por una estrella,
cargaditos de
regalos desde otro continente
y en el
corazón de todos, van dejándonos su huella.
Y cuando me
pongo a escribir mi carta correspondiente,
miro a mi
alrededor y me siento afortunado.
Si tengo lo necesario para vivir dignamente
y a la gente
que más quiero aún la tengo a mi lado,
¿para qué voy
a pedir a los Reyes más regalos?
Pero algo he
de escribir en este papel en blanco,
aunque no sea
para mí y porque me hace ilusión,
pediré para la
escuela , la pública, la de todos,
la que permite
que un niño se eduque sin distinción,
sin importar
si eres pobre o de otra religión.
La escuela de
la igualdad, la escuela de la inclusión,
donde siempre
se respetan distintas formas de amar,
donde se
inculcan valores que nos permiten soñar
con una
sociedad más justa y con más humanidad.
Les pido como
maestro y con toda la humildad,
que se baje ya
la ratio para poder enseñar,
atendiendo a
cada niño según su necesidad
y si puede ser
también, aunque no quiero abusar,
que la Ley de Educación
no se modifique más.
Como ven, lo
que les pido, tiene fácil solución,
depende de la
importancia que se dé a la educación,
espero que
como magos y buena gente que son,
hagan realidad
muy pronto, esta bonita ilusión.
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