En más de una ocasión todos y todas, en algún momento de nuestras vidas hemos actuado con cólera e indignación cuando nos han sacado de nuestras casillas. Unas veces, quizás por la impotencia que supone el vivir determinadas situaciones que a todas luces son injustas y desproporcionadas, otras por no ser comprendidos en el grado que nos hubiera gustado. En cualquier caso, bien por un motivo o por otro, todo el mundo ha actuado alguna vez de una forma inapropiada o ha dicho o hecho algo de lo que a posteriori, con toda seguridad se ha arrepentido.
¿Quién no conoce a personas normales y pacíficas que conduciendo un coche, en un partido de fútbol, en una discusión con su pareja o en una reunión de amigos se transforma y nos enseña una cara que desconocíamos hasta ese instante? Luego nos arrepentimos como he dicho antes por lo que hemos dicho o hecho y reconocemos que nos hemos pasado tres pueblos. Pero ¿por qué actuamos así? ¿Por qué nos comportamos así si no somos de esta manera? Yo mismo, en alguna que otra circunstancia en la que me he sentido acorralado o atacado en mi orgullo, he manifestado una actitud más que reprobable, y no me duelen prendas en reconocerlo. Pues mirad, según han podido averiguar los profesionales de la psicología y la neurología, todas las personas llevamos un “mono” dentro que representa nuestros instintos más básicos y que la mayoría de las veces no podemos controlar. Al parecer esto suele ocurrir porque ante un suceso, el primer lugar de nuestro cerebro al que llega la información es la amígdala del cerebro límbico o emocional, que actúa de 80 a 100 veces más rápido que nuestro cerebro cortical o racional. Lo que quiere decir que sentimos mucho antes que pensamos. Entonces, lo que deberíamos hacer es darle un plátano a nuestro “mono” cuando aparezca, es decir, contar hasta diez o hasta 100, o esperar al día siguiente para dar tiempo a que la información llegue al cerebro racional, y la respuesta no la dé nuestro” mono “sino nosotros mismos con la cabeza fría y la sensatez que se presupone a una persona mínimamente equilibrada psicológicamente.
Por eso los profesionales suelen aconsejar que nos preguntemos: “¿Es esto tan importante para la que estoy liando? ¿Está justificado lo que voy a hacer o decir? ¿Podría existir otra solución que evite la crispación? ¿Cómo me voy a sentir si procedo de esta manera?
Quizás hacer esto y llevar a la práctica este tipo de estrategias, para algunos parecerá una nimiedad o ridiculez propia de patrones de conductas guiados por gente que se dedica a comer el coco a quienes buscan mejorar como personas. Sin embargo, no imagina esa gente como cambiaría la historia de la convivencia humana, si fuésemos capaces de tener un cierto autocontrol con nosotros mismos y la capacidad de mantener entretenido cuanto más tiempo posible, a ese “mono” que está deseoso permanentemente de ser protagonista de cada una de nuestras acciones y movimientos. Así que recordad, a partir de ahora démosle un plátano a ese primate.
No hay comentarios:
Publicar un comentario