26 de julio de 2013

LA VOZ DE LA MEMORIA

Siendo un niño, un zarpazo de la vida truncó sus ilusiones, sus esperanzas y marcó para siempre el devenir de su futuro. Una mano negra, cargada de intolerancia, odio y sinrazón, apretó con violencia y fanatismo, el gatillo que segó la vida de su padre, un hombre joven que tuvo la osadía de intentar cambiar la vida de sus vecinos ostentando un escaño de concejal en su pueblo. Un hombre bueno que nunca hizo daño a nadie, que a buen seguro, gozaría de la honestidad  y la honradez que han acompañado siempre  a Miguel hasta su último suspiro.
Sin embargo, sus ideas, sus pensamientos y sus posiciones políticas, que con toda seguridad llevaría a gala por donde iba, esos mismos  principios y valores que inculcaría con pasión desde muy temprana edad a  su  hijo Miguel,  serían  los que los que lo empujarían a la fosa de la dignidad  para siempre.
Con apenas ocho años, la edad que hoy tienen mis alumnos y alumnas, le tocó vivir uno de los episodios más escalofriantes y trágicos que un niño puede vivir. Miguel no perdió a su padre. Perder un padre debe ser un desgarro en el corazón indescriptible, que no creo que ni yo ni nadie sea capaz de expresar en negro sobre blanco, porque no existen palabras en nuestro amplio léxico castellano susceptibles de expresar ese dolor tan profundo. Repito que Miguel no perdió a su padre. Se pierde un padre,  cuando la muerte es una circunstancia de la propia naturaleza humana, a veces impredecible y caprichosa, sin dejar de ser un capítulo doloroso y cruel para nadie. Sin embargo a Miguel le asesinaron a su padre, le segaron la vida con esa guadaña de la incomprensión y la sinrazón que significó el fascismo durante esta negra página de la historia de nuestro país. Lo dejaron huérfano para siempre, le robaron lo más valioso que posee quien nada tiene, lo despojaron del cariño y el calor de un ser irremplazable para cualquier niño y con toda seguridad, las  emociones  y el sufrimiento que padeció durante toda su vida, muy poco o nada tuvo que ver con la pérdida de un padre por razones de otra índole.
Apoyado sobre un bastón, con el andar cansino del desgaste de los años, fueron muchas las ocasiones en las  que tuve la oportunidad de acompañarlo hasta el cementerio, con motivo de la efemérides de la II República. A pesar de sus años y de los achaques propios de un octogenario, Miguel gozaba de una lucidez y una memoria digna de admirar. Me repetía una y mil veces que mientras tuviera un mínimo de aliento y sus piernas se lo permitieran, honraría con su presencia la fosa de los mártires por la libertad, y acompañaría esa bonita bandera tricolor que tanto representó para su padre.
Con rostro serio y mirada cargada de indignación a pesar de los años transcurridos desde aquel fatídico día en que ya nada volvería a ser como antes,   Miguel me relataba durante la marcha, con paso lento pero firme, el episodio más triste de su vida con la misma emoción de quien acaba de perder recientemente a un ser querido.
Cada 14 de abril, se convertía para él en una oportunidad para rendir tributo a quien no pudo disfrutar del tesoro más preciado que es la vida, para dejar constancia, que nunca el tiempo podría borrar el dolor que le habían causado y sobre todo, para contar a su pueblo, a los jóvenes principalmente, la tragedia que supuso para nuestro país aquel alzamiento militar del 36.
Una vez escuchado el himno y entonado ese bonito lema de ¡viva la república!, Miguel regresaba a casa satisfecho y orgulloso por haber podido estar un año más cerca de su padre. Sabía que era un día especial y que muy pocas veces en el año, podía sentir tan de cerca la presencia de ese hombre, sencillo y bueno, del que no pudo disfrutar todo lo que hubiera merecido.
En alguna ocasión, lo llevé en mi coche de vuelta a casa. Su cara había cambiado por completo. Sus labios delataban una sonrisa cómplice con la verdad, con la historia, con el deber cumplido y con la memoria colectiva de un pueblo, que sufrió como ningún otro la sinrazón del fascismo.
Desde entonces, cuando escucho a alguien hablar de que recuperar la memoria histórica supone reabrir heridas del pasado que ya están cicatrizadas, me acuerdo de Miguel y de todas aquellas personas que de alguna forma han sido víctimas de esa cruenta guerra civil y les contesto diciéndoles que no se pueden reabrir heridas que nunca antes fueron cerradas. Me acuerdo de esos ojos llenos de rabia contenida y tristeza de alguien que, durante años, no pudo llorar a su padre, porque desconocía su paradero. Y me siento orgulloso de mi pueblo, de ese grupo de personas que fueron capaces de organizarse en torno a un objetivo común como era la recuperación de la memoria histórica de Fuentes, dejando al  margen cualquier tipo de discrepancia ideológica.
Miguel no fue una persona excesivamente activa en política,  aunque siempre se definió como un hombre de izquierdas y socialista como los de antes. Sin embargo su legado, su historia personal y su compromiso con la recuperación de la memoria histórica fontaniega, siempre estarán presentes en nuestro pueblo.
A finales de junio, en el parque “Luchadores por la libertad”, situado en el antiguo cementerio, se inauguró un hermoso monumento en honor a las mujeres del Aguaucho, otro de los episodios más negros de la historia de nuestra localidad .Ese día, Miguel ya no se encontraba entre nosotros, su deseo de ver colocado ese símbolo de la memoria, de la justicia y la dignidad, no pudo verse cumplido. El destino le privó del gozo que hubiera supuesto para él, ver como se materializaba uno de los objetivos por los que había luchado durante años desde la comisión. A pesar de todo, cuando cualquiera de sus paisanos y paisanas pasee por ese parque y contemple esa bella escultura, cuando respire ese aire de paz y bondad inconfundible que solo allí se puedo vivenciar, escuchará la voz de la memoria de un hombre bueno que durante toda su vida luchó para que  este pueblo no olvidara a su padre ni a los que murieron como él.
(A la memoria de Miguel Villarino, un hombre bueno y sencillo, una voz de la memoria)       

1 comentario:

  1. Que bueno Romero. A los que hemos disfrutado de la compañía de Miguel tanto como vecino, como compañero de charlas esto nos ha conmovido.

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